viernes, 22 de octubre de 2010

Sobre el derecho de todas las vidas y en quien cae la responsabilidad de acabar con una de ellas

Él aún no entiende porque su vida acabó de esa manera. ¿Qué derecho tenía aquella otra criatura? Los ojos de su atacante no reflejaban ni hambre ni miedo cuando clavaba aquellas armas en su carne, sólo había crueldad y aire de superioridad. Cuando él, acorralado miraba en todas direcciones sólo veía un aura roja que emanaba de los presentes que miraban y pedían sangre para satisfacer sus almas cargadas de furia. Él no comprendía porque le hacían el blanco de su ira si no había hecho nada.

Él estaba asustado ya no distinguía las cosas sólo veía el rojo de la ira y el que más resaltaba era el de su oponente e intentaba atacarle y acometerle para defenderse de él y salvar su vida pero cada intento era en vano y sentía como otra arma se hundía en su carne. Él no podía parar su miedo iba incrementando y él sólo quería vivir.

“¿Por qué una vida tiene que matar a otra vida sin razón alguna?”

Se preguntaba cuando cansado cayó en la tierra ya batida por sus pies. No podía seguir, cada movimiento le causaba un tremendo dolor en cada parte de su cuerpo, le era una tortura. Entendió que en su atacante no había ningún motivo o razón para llevarse su vida y ahora le alababan todos aquellos que sólo querían ver tendido en el suelo al jadeante animal luchando por tan sólo respirar. Pero él ya no tenía miedo a su atacante, sabía que su raza estaba maldita y que la vida les castigaría por todas aquellas brutales muertes sin razón aunque luego las quieran maquillar con el hambre pero a la vida no se le puede engañar.

Es extraño. El animal daba sus últimos respiros pero en sus ojos no se reflejaban ni miedo ni furia ni tristeza por su muerte sino lastima y compasión por aquél ser que ahora estaba maldito.


Pd: ¡Qué no os engañen con el denominado “arte taurino” sólo es una muerte espantosa a un animal que no se lo merece!

S. Manuel

sábado, 15 de mayo de 2010

Sobre la voluntad en la vida

Hace tiempo que no ha vuelto a sentir esa sensación. El aliento cada vez más escaso, el sudor que brota de su frente, esa concentración con la que los pies comienzan a separarse del suelo. El sabor de la lucha en plena batalla, el dolor en cada movimiento de cada músculo y el temblor de los miembros por la impotencia de querer llegar más lejos y verse definido por unos limites que se oponen a sus deseos. Y ve como su competidor se aleja, como si flotase y no existiera ningún tipo de fuerza gravitatoria en su persona; ve plasmada su derrota y entumecido todo el cuerpo.

Ahora piensa que es mucho más difícil perder que ganar, si la victoria era como el respirar para la persona en cuestión. Pobre chico nadie le dijo lo dura que es la derrota, incluso a él le parecía lejana. Atormentado en su infierno respira el azufre del perdedor mientras mira arriba y distingue el cielo en el que siempre acostumbraba estar y en él al nuevo desconocido con el cual ha empezado su tragedia. El chico ha perdido en él mismo su confianza, mire donde mire antiguos admiradores suyos ahora son presa de otro ídolo mientras él se ha convertido en una simple piedra en los ángulos muertos de todas sus miradas.

"¿Por qué nací vencedor para después perderlo todo?"

El chico está confundido. Su agonía se alarga, piensa que no hay razón en que alguien pase de ser un ganador a un perdedor. Siempre pensó que era el único vencedor y eso no iba a cambiar ni ahora ni nunca. Así que empezó a acostumbrarse al dolor y sus manos se adaptaron a las ardientes lavas de su infierno y comenzó a escalar la pared que separa el infierno y el cielo. Con el paso del tiempo empezó a acercarse cada vez más cerca a su cielo, ya sólo quedaba la batalla final.

Otra vez esa sensación, pensaba que podía llegar a acostumbrarse totalmente a ella. Su oponente era duro pero él sabía que lo era más porque él nació duro y nació para ser el único ganador. En la batalla su jovial e imperturbable confianza fueron sus pies y estos respondían con la resistencia de un titan. Alcanzó a su oponente, se miraron y vieron en sus ojos el sufrimiento de cada uno pero él chico sin apenas un ápice de fuerza sacó de su alma la fuerza necesaria para ganar y mientras cruzaba la meta como ganador recordó las palabras que su padre un día le dijo:

"Hijo mío, el sufrimiento es sólo un instante pero la derrota es largamente humillante"

Hace tiempo que no ha vuelto a sentir esa sensación, y nunca más la sentirá si no olvida que su voluntad y su confianza es la hélice que mueve no sólo su cuerpo también su entorno.

Pd: ¡No dejéis nunca el deporte! Es el mejor educador de nuestra alma y de nuestro cuerpo.

S. Manuel

miércoles, 12 de mayo de 2010

Mi presentación al extraño y al no tan extraño

Bienvenido querido lector.
Reiterando a un gran filósofo:

"Hijo mío, no esperes de mí discursos sabios ni razonamientos profundos. Yo no soy un gran filósofo y me preocupo muy poco de serlo"

Por tanto ya os he advertido de que mis palabras tienen la misma validez que las vuestras así que no pretendáis discutir conmigo pues no quiero convenceros de nada sólo me basta el simple hecho de que pueda expresaros con palabras lo que mi corazón me muestra. Gracias por la visita.