sábado, 15 de mayo de 2010

Sobre la voluntad en la vida

Hace tiempo que no ha vuelto a sentir esa sensación. El aliento cada vez más escaso, el sudor que brota de su frente, esa concentración con la que los pies comienzan a separarse del suelo. El sabor de la lucha en plena batalla, el dolor en cada movimiento de cada músculo y el temblor de los miembros por la impotencia de querer llegar más lejos y verse definido por unos limites que se oponen a sus deseos. Y ve como su competidor se aleja, como si flotase y no existiera ningún tipo de fuerza gravitatoria en su persona; ve plasmada su derrota y entumecido todo el cuerpo.

Ahora piensa que es mucho más difícil perder que ganar, si la victoria era como el respirar para la persona en cuestión. Pobre chico nadie le dijo lo dura que es la derrota, incluso a él le parecía lejana. Atormentado en su infierno respira el azufre del perdedor mientras mira arriba y distingue el cielo en el que siempre acostumbraba estar y en él al nuevo desconocido con el cual ha empezado su tragedia. El chico ha perdido en él mismo su confianza, mire donde mire antiguos admiradores suyos ahora son presa de otro ídolo mientras él se ha convertido en una simple piedra en los ángulos muertos de todas sus miradas.

"¿Por qué nací vencedor para después perderlo todo?"

El chico está confundido. Su agonía se alarga, piensa que no hay razón en que alguien pase de ser un ganador a un perdedor. Siempre pensó que era el único vencedor y eso no iba a cambiar ni ahora ni nunca. Así que empezó a acostumbrarse al dolor y sus manos se adaptaron a las ardientes lavas de su infierno y comenzó a escalar la pared que separa el infierno y el cielo. Con el paso del tiempo empezó a acercarse cada vez más cerca a su cielo, ya sólo quedaba la batalla final.

Otra vez esa sensación, pensaba que podía llegar a acostumbrarse totalmente a ella. Su oponente era duro pero él sabía que lo era más porque él nació duro y nació para ser el único ganador. En la batalla su jovial e imperturbable confianza fueron sus pies y estos respondían con la resistencia de un titan. Alcanzó a su oponente, se miraron y vieron en sus ojos el sufrimiento de cada uno pero él chico sin apenas un ápice de fuerza sacó de su alma la fuerza necesaria para ganar y mientras cruzaba la meta como ganador recordó las palabras que su padre un día le dijo:

"Hijo mío, el sufrimiento es sólo un instante pero la derrota es largamente humillante"

Hace tiempo que no ha vuelto a sentir esa sensación, y nunca más la sentirá si no olvida que su voluntad y su confianza es la hélice que mueve no sólo su cuerpo también su entorno.

Pd: ¡No dejéis nunca el deporte! Es el mejor educador de nuestra alma y de nuestro cuerpo.

S. Manuel

miércoles, 12 de mayo de 2010

Mi presentación al extraño y al no tan extraño

Bienvenido querido lector.
Reiterando a un gran filósofo:

"Hijo mío, no esperes de mí discursos sabios ni razonamientos profundos. Yo no soy un gran filósofo y me preocupo muy poco de serlo"

Por tanto ya os he advertido de que mis palabras tienen la misma validez que las vuestras así que no pretendáis discutir conmigo pues no quiero convenceros de nada sólo me basta el simple hecho de que pueda expresaros con palabras lo que mi corazón me muestra. Gracias por la visita.